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Se desconoce bien el motivo; pero lo cierto es que, febrero, marzo y abril, son meses de continuos casamientos. El punto es qué ponerse en una época no muy estable en relación al clima, y cómo aprovechar una compra para que el uso de esas prendas pueda extenderse posteriormente al día de la boda.
Para las más jóvenes y audaces, lo más visto son los vestidos con entalle en el busto, corte strapless, y terminaciones en falda “baloon” (globo). La diferencia principal: extra mini, aprovechando los cuerpos y las escasas edades; y en géneros que denotan cierto aire sport.
Para las mujeres que pasan los 30, lo más solicitado son las faldas a media pierna, con canesú y corte evasé o media campana, en terminaciones de raso o encaje; acompañadas de remeritas o blusas con muchas lentejuelas, lentejuelones, canutillos o paillettes.
Para las que cercan los 40, lo más buscado son los vestidos cuyos modelos rondan los “clásicos vestiditos negros”, manteniendo o alterando el color nombrado, o jugando desde distintas variantes en la combinación de géneros. Siempre, a media pierna o un poco más largos, y con entalle en el busto para dejarlo en primer lugar.
Para todas por igual: mucho negro, mucho bronce y cobre, y también algún gris claro. En géneros: mucho tul y mucha seda, detalles en raso o brocato. En peinados: recogidos o semi recogidos informales, con hebillas bordadas o binchas al tono. En maquillaje: destacado, pero nunca barroco; tal vez un poco de smoke en los ojos. En los pies: sandalias con taco, bien finas y vistosas. En bijouterie: si el vestuario viene recargado de texturas, lo más simple posible (un fino anillo, un par de aros muy delicados, o una pulserita ínfima); pero, si por el contrario el vestuario es sobrio, los accesorios pueden cobrar una presencia mayor, y jugar con y desde ellos a levantarlo notoriamente más. |